Reflexiones

Reflexiones en voz alta sobre el proceso sinodal

Intervención del Subsecretario del Sínodo de los obispos en la 118ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (16 de noviembre de 2021)

Querido presidente de la Conferencia Episcopal, queridos hermanos y hermanas.

Mi primer sentimiento hoy es el de gratitud. Gracias de corazón por la amabilidad al invitarme y por la cordial acogida. Me siento honrado y feliz de estar hoy aquí. Permitidme que os transmita el saludo del cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, que agradece vivamente la decidida implicación de los obispos de la Conferencia Episcopal Española en el proceso sinodal. Un especial agradecimiento a monseñor Vicente Jiménez y al equipo sinodal por el excelente trabajo que están realizando.

El segundo sentimiento, si me lo permitís, es el de un cierto temor. “Hic sunt leones”, era la expresión que se escribía en los antiguos mapas para indicar áreas aún inexploradas. No, yo no me adentro en un terreno desconocido y hostil. Me encuentro entre mis hermanos y esto me proporciona mucha serenidad de espíritu, mucha tranquilidad y mucha calma. La inquietud viene del deseo de responder al objetivo por el que me habéis invitado, de seros de verdad útil. ¿Qué puedo deciros? ¿Qué debo deciros? Al comentar hace unos días esta duda, un querido amigo me colocó en la dirección justa: “Luis, habla con el corazón, como siempre has hecho”. Eso haré. Iniciar un diálogo fraterno, con sencillez, humildad y confianza. No pretendo dar lecciones a nadie, sino hacer camino junto a vosotros y aprender de vosotros. Y hacerlo en comunidad, en familia. En la unidad de corazones propia de quienes amamos apasionadamente a la Iglesia. Hago mías las palabras de san Agustín: También yo que os hablo soy un hombre y emito el sonido de la voz. Hago llegar el sonido de mi voz a vuestros oídos y, sirviéndome de él, de alguna manera deposito en vuestro corazón lo que yo entiendo. Por tanto, voy a hablar lo que pueda y, como pueda; comprendamos esto [1].

1. La aventura sinodal

1.1. Tiempo de esperanza

“Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Cor 5, 17).

Estamos ante algo grande. A nadie le cabe duda de que el proceso de revitalización de la Iglesia en clave sinodal, impulsado por el Santo Padre, es de gran calado y nos abre a enormes posibilidades. Se inscribe en la acción del Espíritu, en su respuesta de amor en este momento convulso de nuestra historia. Pero siempre que nos encontramos frente a una realidad que conmueve nuestros cimientos, rompe nuestras seguridades y nos abre a lo desconocido y a lo incontrolable, tenemos la tentación de autoconvencernos de que es irrealizable, una utopía, un brindis al sol ¿No son tal vez nuestros miedos los que salen a flote? Hace tiempo que hacemos referencia a la necesidad de cambio, a la imprescindible renovación. Pero el tema es complejo y los resultados escasos. Podemos aplicarnos las palabras del político italiano Aldo Moro: “La verdad es que hablamos de renovación y no renovamos nada. La verdad es que creemos ser originales y creativos y no lo somos. La verdad es que pensamos hacer evolucionar la situación, pero estamos siempre ahí, con nuestro viejo modo de ser y de hacer, en la ilusión de que, si cambian los demás, cambiará el conjunto. Pues bien, no es así. Para que algo cambie, debemos cambiar también nosotros” [2].

Creo sinceramente que el primer paso es confiar en el Señor totalmente, ponernos en sus manos misericordiosas, asumir el riesgo de perder nuestras seguridades precisamente porque estamos seguros de su amor. “La Iglesia de Cristo siempre puede caer en la tentación de perder el entusiasmo porque ya no escucha la llamada del Señor al riesgo de la fe, a darlo todo sin medir los peligros, y vuelve a buscar falsas seguridades mundanas” [3]. Estamos ante una llamada a la coherencia, a la autenticidad, con todo lo que lleva de radical transformación y de testimonio evangelizador. Solo puede compartirse aquello que se tiene. ¿No llega el momento de dar a conocer no tanto ideas, normas, planes, sino presentar y comunicar una persona viva, que llena de sentido nuestra propia existencia? El Señor Jesús “es la verdadera juventud de un mundo envejecido, y también es la juventud de un universo que espera ser revestido con su luz y con su vida. Cerca de él podemos beber del verdadero manantial, que mantiene vivos nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestros grandes ideales, y que nos lanza al anuncio de la vida que vale la pena” [4].

1.2. Tiempo de compromiso

No podemos separar a Cristo de su Iglesia porque otro Cristo, distinto del Resucitado, sencillamente no existe. Es lo que san Agustín denomina, con lograda expresión, el Cristo Total, cabeza y miembros, que forman el único Cristo, presente y vivo en la plenitud de su Iglesia [5].

En un mundo marcado por la pandemia y sus consecuencias de soledad, individualismo y miedo; en el contexto actual de una cultura relativista, de una sociedad empobrecida espiritualmente, que parece abocada a la desvinculación, la desconfianza y el enfrentamiento [6], la respuesta del Señor a nuestras oraciones y a nuestra insistente petición de ayuda, viene en forma de propuesta; que ciertamente impresiona por su sencillez, por su hondura: nosotros somos la respuesta precisamente en cuanto Iglesia, comunidad de redimidos, en cuanto unidos a Cristo e identificados con él, en cuanto partícipes en su realidad salvífica. No hay que buscar fuera, sino profundizar en lo que la Iglesia es. “No hay que cambiar la Iglesia y, sin embargo, hay que cambiar algo en ella. No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta [7]. Es la Iglesia santa y formada por pecadores, que con humildad asumimos las culpas y con sinceridad pedimos perdón, no para quedarnos atrapados en ellas, sino precisamente para liberarnos, para poder mirar al futuro con esperanza. Con enorme esperanza. Y esto nos hace activos. “Los ideales –señalaba san Pablo VI–, si son auténticos, si son humanos, no son sueños: son deberes. Para nosotros cristianos, especialmente. Al contrario, se hacen aún más urgentes y fascinantes, cuanto más los ruidos de temporal interrumpen los horizontes de nuestra historia. Y son energías, son esperanzas” [8].

1.3 Tiempo de escucha y discernimiento

La sinodalidad tiene por objeto la Iglesia entera, con todos sus sujetos y realidades. Esto es importantísimo. Toda la Iglesia es sinodal. En esta línea, no se trata de Sínodo de Obispos sin sinodalidad. Me refiero, por una parte, al error de reducir la sinodalidad a la Asamblea del Sínodo de los Obispos, obviando la participación del Pueblo de Dios. El ejercicio de la sinodalidad, caminar juntos, crea el adecuado ámbito en el que escuchar la voz del Espíritu. El obispo, para su discernimiento, necesita ciertamente escuchar al santo Pueblo de Dios del que forma parte en cuanto cristiano y del que, en cuanto obispo diocesano, ejerce la presidencia. Por otra parte, también se trata de revisar las estructuras en las que se concreta la sinodalidad, por ejemplo, las Conferencias Episcopales, los sínodos diocesanos o nacionales; pero también los consejos episcopales, los consejos pastorales y económicos en las parroquias, los capítulos de los religiosos. ¿Tienen vida o languidecen? ¿Cómo pueden dinamizarse para cumplir los objetivos para los que fueron creados? Y un paso más, ¿qué estructuras están ya obsoletas? ¿Podemos crear nuevas estructuras sinodales, nuevos instrumentos de sinodalidad? En definitiva, la pregunta básica es: ¿Qué nos pide el Espíritu?

2. Claves sinodales

2.1 El protagonismo del Espíritu

Como se ha escrito sabiamente, sin el fuego del Espíritu, la sinodalidad sería Babel [9]. Y el Papa insiste: la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo; se trata de caminar juntos y con toda la Iglesia bajo la luz, guía e irrupción del Espíritu para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar [10]. Esta idea fue reiterada por el cardenal Mario Grech en las jornadas de apertura del proceso sinodal: “Para que el proceso sinodal sea verdadero; en otras palabras, para que no existan – o se reduzcan al mínimo – los riesgos de preconstituir un resultado, la libertad debe ser garantizada no sólo en el Espíritu, sino del Espíritu. El Espíritu Santo es el primer tema de la sinodalidad. La Iglesia es sinodal porque el Espíritu de Cristo guía a la Iglesia en su camino hacia su patria. La Iglesia es sinodal, porque los que caminan, el santo Pueblo de Dios, obedecen al Espíritu que los guía” [11]. El protagonista es el Espíritu, que nos supera y sorprende, nos impulsa y acompaña, nos renueva y entusiasma.

Estamos, pues, ante un itinerario de discernimiento espiritual efectivo [12]. Por eso resulta imprescindible la dimensión orante en todo el camino de escucha y discernimiento, en todo el proceso sinodal. La oración es un impulso, una invocación que se convierte en camino porque va más allá de nosotros mismos hacia el encuentro con un tú para constituir el nosotros, la Iglesia.

2.2 La centralidad del amor

Pero el Espíritu es Amor y la Iglesia es comunidad de amor. Invito a recordar, en el libro del Apocalipsis, la Carta a la Iglesia de Éfeso (Ap 2, 1-7). Una Iglesia esforzada y constante, de eficiente comportamiento y recta doctrina, que ha sufrido por la fe, y la vive animosamente, sin desfallecer. Parece que debiera ser puesta como ejemplo de comunidad radicada en el Evangelio. Pero no es así. En esta Iglesia todo es vacío. “Tengo contra ti que has abandonado tu amor primero”. Han gastado sus energías en tantas cosas buenas, pero a costa de olvidar el único mandamiento. “Si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados y entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría” (1 Cor 13, 2-3). Recta doctrina, acción social y actividad apostólica si no están radicadas en el amor no son nada, no valen nada. El amor, que transforma nuestra vida y en el que somos hijos de Dios. Caminar juntos implica profundizar en la realidad del amor verdadero, que se encarna, que se hace uno con nosotros. Solo así la expresión “queridos hermanos y hermanas” será por fin verdad y no una frase hecha, una costumbre o, en ocasiones, un mero ejercicio de cinismo.

“¡Mirad cómo se aman!” Era la fraternidad lo que producía admiración en los paganos [13]. Es imposible que el mundo crea, que vea y encuentre a Cristo en mí, cuando hago del Evangelio una ideología, cuando prevalecen las diferencias sobre la unidad, cuando rechazo a quien no piensa como yo, hasta el punto de considerarlo mi enemigo, cuando proliferan los insultos, la falta de respeto, las agresiones verbales, cuando no importa herir y destruir a quien, en teoría, es mi hermano. “Cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros, acabaréis por destruiros mutuamente” (Gal 5, 15). A este respecto creo que debemos ser más firmes y mucho más cuidadosos. El proceso sinodal implica un profundo examen de conciencia, sin reservas y a todos los niveles, para remover de verdad algo dentro de nosotros, para transformar los corazones tal vez petrificados. La Iglesia no es una comunidad de quienes no tienen necesidad de médico, sino una comunidad de pecadores convertidos, que viven la gracia del perdón, transmitiéndola ellos a su vez a otros. De este modo la Iglesia crece como comunión en el camino hacia y dentro de la vida y la multiplicidad de los dones del Espíritu pueden actuar en ella [14]. El proceso sinodal comienza en el redescubrimiento y la vivencia del amor verdadero, con su enorme fuerza revolucionaria. 

3. El santo Pueblo fiel de Dios

3.1. El Bautismo como sacramento básico

La Iglesia no debe estar pensada ni organizada desde el sacramento del Orden, sino desde el sacramento del Bautismo, ya que por el Bautismo participamos del acontecimiento salvífico fundamental, que es la Pascua. Por eso todos tenemos la misma dignidad y todos participamos del sensus fidei del Pueblo de Dios. De ahí brota nuestra responsabilidad de hablar, de implicarnos, de aportar. La sinodalidad, en esta perspectiva, es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales, que la Asamblea del Sínodo de los Obispos o que cualquier forma concreta de expresar la participación, como si se tratase de un hecho meramente administrativo: la sinodalidad indica el modus vivendi et operandi de la Iglesia, que realiza su ser en comunión en el caminar juntos, participando activamente en la misión evangelizadora. Aunque no de igual modo. Partiendo del principium aequalitatis, la fundamental igualdad dentro del Pueblo de Dios, los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en el único sacerdocio de Cristo [15].

El reto es muy grande, porque se trata de profundizar en la realidad de la Iglesia, concretando la eclesiología del Vaticano II (sobre todo Lumen Gentium, Gaudium et Spes y Ad Gentes), que nos lleva a desarrollar una novedosa y clara teología de la sinodalidad [16]. Este proceso hará posible superar de una vez el clericalismo, por todos denostado teóricamente pero aún presente en la práctica, es decir, abandonar la visión eclesiológica centrada en el clero como único sujeto capaz de llevar adelante la vida eclesial. Solo si saneamos la raíz solucionaremos las tristes secuelas del carrerismo en la Iglesia, la ambición de poder por parte de individuos o grupos y el mantenimiento del laicado en un estado de perpetuo infantilismo: pasivo, poco formado y, en su mayoría, escasamente implicado. Y también la desconexión de la Iglesia con la sociedad. Necesitamos no tanto teorías cuanto testimonio. La sinodalidad, asumida y vivida en lo cotidiano de nuestra existencia, hará posible una Iglesia más implicada, más presente, más creíble.

3.2. Incidencias pastorales

La imagen de Iglesia como “santo Pueblo de Dios” [17], preferida por el Papa Francisco, incide en tres aspectos:

  • La dimensión comunitaria: “Dios ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas” [18]. El proceso sinodal nos ofrece una respuesta efectiva en estos tiempos en los que la pandemia ha puesto de manifiesto que muchos cristianos no tienen necesidad de la comunidad (por ejemplo, en lo que se refiere a la Eucaristía), porque no la han experimentado, no la viven y no la añoran. Por otra parte, es el Pueblo de Dios, en conjunto, quien anuncia el Evangelio y quien tiene en sí mismo la infalibilidad in credendo. Así, Dios dota a la totalidad de los bautizados de un instinto de la fe —el sensus fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios [19]. No se trata, por tanto, de consultar “al” pueblo de Dios, identificándolo con los laicos, sino de escuchar y discernir “con” y “en” el Pueblo de Dios, del que formamos parte. La escucha del Espíritu es una cualidad que pertenece a todos los bautizados y no solo a algunas categorías. Aquí encontramos una de las claves del proceso que hemos iniciado.
  • La pluralidad: La Iglesia expresa la belleza de su rostro pluriforme [20]. De aquí extraemos dos consecuencias. En primer lugar, el Papa Francisco insiste en que cada persona conserva su peculiaridad personal, no se anula cuando integra cordialmente una comunidad [21]. Corremos el peligro de no escuchar, de prejuzgar, de no personalizar, de homogeneizar. Frente a este reduccionismo el Papa reivindica la idea de diversidad como esencial en la fe cristiana. E insiste en que el encuentro debe estar abierto a la diversidad, que no solo es buena, sino necesaria. “La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad” [22]. Pero demos un paso más. El proceso sinodal no significa invalidar la realidad carismática de la Iglesia en nombre de un falso democratísimo o de un hiriente clericalismo. No todo se resuelve mediante votos, sino mediante consensos, como en una familia: la Iglesia es la Familia de Dios (cf. Ef 2, 19). Y no se anulan las vocaciones (laical, sacerdotal, religiosa…), ni los carismas o los ministerios. Fundamentados en el Bautismo, todos hemos sido llamados a la participación y a la corresponsabilidad efectiva (no es una concesión otorgada a regañadientes por el clero), aunque no de igual manera (ni mejor ni peor, sino distinta, porque es diferente la vocación: hay tantos caminos para seguir a Cristo cuantas personas existen en el mundo). La Iglesia sinodal tiene su punto de fuerza en la infinita variedad y riqueza de los carismas que actúan en la evangelización, de las actitudes y de las competencias, verdaderos y propios dones del Espíritu para el bien de la Iglesia [23].
  • El dinamismo: Estamos ante un evento del Espíritu, que sigue actuando en la historia y mostrando su potencia vivificante. Así están floreciendo nuevos lenguajes de fe y nuevos caminos capaces, no solo de interpretar los eventos desde un punto de vista teologal, sino también de encontrar en medio de las pruebas las razones para refundar el camino de la vida cristiana y eclesial [24]. Esta es la escucha, este es el discernimiento. Sí, estamos ante un kairós; se nos invita a experimentar la novedad del Espíritu, que nos sorprende, nos saca de nuestras seguridades y nos lleva por caminos de renovación profunda, de autenticidad, de vida. Eso sí, es un proceso que no controlamos. Y esto, tal vez, nos dé miedo. Hemos predicado muchas veces sobre Abraham, lo hemos puesto como ejemplo de fe, de respuesta al Señor que le dice: “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré” (Gen 12, 1). Hoy nos dice: Debes salir, debes ponerte en camino hacia un futuro diferente. No quieras controlarlo todo. Fíate, fíate. Tus hermanos y hermanas te irán ayudando. Confía en ellos, camina junto a ellos, con ellos. Y entonces, estoy seguro, lo reconoceremos en medio de nosotros: al Señor Jesús que, precisamente, es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Estamos ante una oportunidad extraordinaria, un tiempo de renovación y esperanza. “Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Se nos invita a superar tantos signos de vejez y decadencia, a curar el cansancio, a dejar los temores y a remediar el pesimismo. Estamos llamados a comunicar entusiasmo, el gozo profundo que nos da la experiencia de Cristo vivo, que nos enamora, que nos seduce: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer 20, 7). Es una llamada primero a la valentía fruto de la confianza y, también, a la creatividad y a la paciencia perseverante

3.3. Participación y corresponsabilidad

El Pueblo de Dios participa en la vida de la Iglesia. El “santo Pueblo fiel de Dios”, en expresión frecuentemente utilizada por el Papa, no debe quedar al margen de las decisiones, ni ausente del compromiso evangelizador [25]. En el momento de reflexión para el inicio del proceso sinodal, el Papa Francisco constataba el malestar y el sufrimiento de numerosos agentes pastorales, de los organismos de participación de las diócesis y las parroquias, y de las mujeres, que a menudo siguen quedando al margen. Y clamaba: “¡La participación de todos es un compromiso eclesial irrenunciable! Todos los bautizados, este es el carné de identidad: el Bautismo” [26]. En este “todos”, debemos considerar especialmente tres categorías:

  • Los sencillos. Conscientes de que los laicos son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, a cuyo servicio está la minoría de los ministros ordenados, su participación no puede reducirse a élites laicales o a grupos escogidos. También el pueblo sencillo y pobre. “No son los intelectuales los que dan la medida a los sencillos, sino los sencillos los que mueven a los intelectuales. No son las explicaciones eruditas las que dan la medida a la profesión de fe bautismal. Al contrario, en su ingenua literalidad, la profesión de fe bautismal es la medida de toda la teología” [27]. En ocasiones nos encontramos con la paradoja de que los sencillos quieren participar y no pueden porque no saben cómo, porque no encuentran los cauces, porque no se les escucha o porque no se facilita ni se acompaña su implicación. Pero los sencillos tienen el don del Espíritu.
  • Los que están en los márgenes. Y damos un paso más: los marginados, los pobres, los desahuciados han sido elegidos como sacramento de Cristo (cf. Mt 25,31-46). Y el Papa Francisco, en un pasaje estremecedor, lo recuerda: “Pero, padre, ¿qué está diciendo? Los pobres, los mendigos, los jóvenes drogadictos, todos estos que la sociedad descarta, ¿forman parte del Sínodo?”. Sí, querido, sí, querida: no lo digo yo, lo dice el Señor: son parte de la Iglesia. Hasta el punto de que, si no los llamas, ya veremos cómo, o si no vas a verlos para pasar un rato con ellos, para escuchar no lo que dicen sino lo que sienten, incluso los insultos que te dedican, no estás haciendo bien el Sínodo. El Sínodo llega a los límites, incluye a todos. […] Si no incluimos a los miserables —entre comillas— de la sociedad, a los descartados, nunca podremos hacernos cargo de nuestras miserias. ¡No tengáis miedo!” [28].
  • Los indiferentes. ¿Y los que parecen vivir ya sin Dios? Esas grandes masas de la población para quienes la Iglesia es irrelevante y a las que no les importa nada la religión. Necesitamos una Iglesia que no tenga miedo a entrar en la noche de ellos, una Iglesia capaz de encontrarlos en su camino, capaz de entrar en su conversación. Una Iglesia que sepa dialogar con aquellos que vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido [29]. Resulta necesario un cambio de mentalidad pastoral que promueva una reevangelización.

Resulta paradójico que a nosotros, cristianos, identificados con Cristo, pastores según el corazón del Señor, a veces nos resulte difícil saber cómo consultar a quienes están en los márgenes o, incluso, cómo podemos acercarnos a ellos. Solo una Iglesia capaz de comunión y fraternidad, de participación y subsidiariedad, en la fidelidad a lo que anuncia, podrá situarse al lado de los pobres y de los últimos y prestarles la propia voz [30]. No cabe duda de que el caminar juntos hace crecer a la Iglesia en el dinamismo de la misión.

3.4. Dimensión evangelizadora

Entonces nuestras comunidades locales serán comunidades de vida relacional y no solo lugares en los que realizar prácticas religiosas o de culto sin vitalidad, carentes de participación, con un lenguaje anacrónico y lejano, propio de un mundo ensimismado y cerrado [31]. El dinamismo implica vitalidad, renovación profunda. Y un claro impulso a la evangelización. “La sinodalidad está ordenada a animar la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia en unión y bajo la guía del Señor Jesús. […] La renovación sinodal de la Iglesia pasa indudablemente a través de la revitalización de las estructuras sinodales, pero ante todo se expresa en la respuesta a la gratuita llamada de Dios a vivir como su Pueblo que camina en la historia hacia la consumación del Reino [32].

Todo el proceso sinodal se orienta a testimoniar la Buena Noticia en nuestro mundo y nuestra historia, como una exigencia para cada cristiano. Si todo bautizado es protagonista, todo el Pueblo de Dios está llamado a anunciar el Evangelio, todos somos discípulos misioneros con la fuerza del Espíritu Santo.

3.5. El obispo

Permitidme un breve apunte aclaratorio referido al episcopado. El obispo es portador de Cristo. Así, reunir a los hombres y mujeres en la Iglesia y gobernar la Iglesia debe ser un servicio inspirado por el amor que proviene de Jesús, en cuya unión íntima debemos vivir [33]. Se trata de participar en la vida de Cristo, que no es otra cosa que participar en su amor. Albino Luciani, el inolvidable Papa Juan Pablo I, hablando de los obispos [34], decía que Cristo no solo ha llamado a los apóstoles individualmente, sino reunidos en grupo, en colegio, unidos por vínculos de fraternidad y orientados a una acción común. La colegialidad se prolonga en el tiempo. Si nos preguntamos ¿cómo llegar a todas las naciones? La respuesta es: el colegio llegará, hoy o mañana, nosotros o nuestros sucesores. Debemos tener la perspectiva de los tiempos largos. El Concilio Vaticano II [35] recuerda cómo desde los primeros tiempos de la Iglesia se constituyeron estructuras colegiales como fueron los sínodos o concilios provinciales, los concilios plenarios y, luego, las conferencias episcopales, el Sínodo de los Obispos.

Y Albino Luciani advertía de dos peligros; primero, que los pastores se conviertan en jefes soberbios y duros; segundo, que sobrevengan controversias, asamblearismos y confusiones. Se esbozan, por tanto, los peligros del autoritarismo y del democratismo. La identificación con Cristo, tocando sus llagas en los que sufren, en los necesitados, en los que no cuentan, nos abre a la misericordia y nos protege de nuestra obstinación, de nuestra actitud de sabelotodo, de nuestra presunción; nos protege del veneno del alma, que nos hace sordos y nos presenta semejante sordera como liberación [36]. Por lo demás, el Concilio Vaticano II recuerda que los obispos ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, han sido constituidos por el Espíritu Santo verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores [37]. Los obispos son, pues, “auténticos custodios, intérpretes y testimonios de la fe de toda la Iglesia”[38]. Servimos a la Iglesia en cuanto obispos y ni podemos ni debemos abdicar de esta responsabilidad. La consulta al Pueblo de Dios no implica que se asuman dentro de la Iglesia los dinamismos de la democracia radicados en el principio de la mayoría, porque en la base de la participación en cada proceso sinodal está la pasión compartida por la común misión de evangelización y no la representación de intereses en conflicto [39].

Dicho con otras palabras, el obispo es siempre obispo y a él le corresponde gobernar y decidir. Pero para poder discernir sea en la diócesis o sea en la Asamblea del Sínodo de los Obispos, para escuchar la voz del Espíritu, necesita orar y necesita escuchar al Pueblo de Dios, que “participa también de la función profética de Cristo”[40]. Así pues, distinguimos entre:

  • El proceso para elaborar una decisión (decision-making), a través de un trabajo común de discernimiento, consulta y cooperación.
  • La toma de decisión pastoral (decision-taking), que corresponde a la autoridad del obispo, garante de la apostolicidad y la catolicidad.

Así pues, un ejercicio de la sinodalidad debe contribuir para articular mejor el ministerio del ejercicio personal y colegial de la autoridad apostólica con el ejercicio sinodal del discernimiento por parte de la comunidad [41].

Como señala bellamente el Papa, “la Iglesia sinodal restituye el horizonte del que sale el sol Cristo: levantar monumentos jerárquicos es cubrirlo. Los pastores caminan con el pueblo, a veces delante, a veces en medio, a veces detrás. El buen pastor tiene que moverse así. Delante para guiar, en medio para animar y no olvidar el olor del rebaño, detrás porque el pueblo tiene también “instinto”. Tienen un instinto para encontrar nuevos caminos hacia adelante, o para encontrar el camino perdido. Quiero subrayar esto, también para los obispos y sacerdotes de la diócesis. En su camino sinodal, que se pregunten: “Pero ¿soy capaz de caminar, de moverme, delante, en medio y detrás, o sólo estoy en la cátedra, con la mitra y el báculo?”. Pastores involucrados, pero pastores, no rebaño: el rebaño sabe que somos pastores, el rebaño conoce la diferencia. Delante para mostrar el camino, en medio para escuchar lo que siente el pueblo y detrás para ayudar a los que están algo rezagados y para que el pueblo sienta con su instinto dónde están las mejores hierbas”[42].

4. Pensar a lo grande y mirar alto y lejos

En la época del Concilio Vaticano II un viejo Papa, san Juan XXIII, encarnó una Iglesia viva y joven, cercana y fraterna, de brazos abiertos y corazón habitado. Una Iglesia que es hogar.  “Ahora más que nunca – decía e el Papa Juan al final de su vida -, ciertamente más que en los siglos pasados, estamos destinados a servir al hombre en cuanto tal y no solo a los católicos; a defender ante todo y en todas partes los derechos de la persona humana y no solo los de la Iglesia católica. Las actuales circunstancias, las exigencias de los últimos años, la profundización doctrinal, nos han conducido ante realidades nuevas. No es el Evangelio el que cambia: somos nosotros quienes comenzamos a comprenderlo mejor. Quien ha vivido largamente como yo y ha podido confrontar culturas y tradiciones diversas, sabe que ha llegado el momento de reconocer los signos de los tiempos, de aprovechar la oportunidad y mirar lejos” [43].

Queridos hermanos y hermanas, hay personas a las que este proceso sinodal les da miedo. Yo puedo deciros, con total sinceridad, que a mí no me produce ningún temor. Ante tantas dificultades (pandemia, indiferentismo, división en la Iglesia, enfrentamientos, injusticias, egoísmos destructivos…), hemos rezado intensamente, hemos pedido ayuda, hemos rogado al Señor que intervenga. Tal vez, le hemos dicho con el salmista: “Por qué callas, Señor, por qué duermes” (cf. Sal 44, 23). O con los apóstoles en la barca azotada por la tempestad: “¿No te importa que nos hundamos? Despierta, escucha, ayúdanos” (cf. Mc 4, 35-41). Y el Dios de la misericordia enciende la llama de la esperanza [44].

Estoy convencido, estoy seguro de que la sinodalidad es su respuesta. “Es el camino que Dios espera de la Iglesia del Tercer milenio”[45]. Se trata de caminar juntos, como Pueblo de Dios, hacia la Patria, hacia la luz, hacia la verdadera alegría. En comunión, promoviendo la corresponsabilidad, todos implicados en la gozosa misión evangelizadora. Estamos ante una posibilidad de cambio profundo, en autenticidad y coherencia, ante un decisivo impulso evangelizador. Se trata ciertamente de una respuesta imprevista que, por lo que a mí se refiere, me ha implicado de lleno, de una manera que nunca pensé: mi vida ha cambiado radicalmente. Pero estoy contento. Visto desde mi fragilidad y mi insuficiencia, el reto resultaría abrumador. Me proporciona gran serenidad saber que el proceso sinodal es una respuesta de amor, que es el Espíritu quien nos guía y que es una aventura para vivir en comunidad.  La tarea es enorme, sus contornos no están totalmente definidos; no conocemos por dónde y cómo discurrirá este camino. No sabemos qué nos aguarda. Solo que debemos ponernos en camino porque el Señor nos llama a escuchar y discernir. Y lo hacemos asumiendo los riesgos. Yo confío plenamente, intento implicarme con todas mis fuerzas, con disponibilidad y humildad, y procuro vivir la propuesta sinodal con entusiasmo. No quiero ser obstáculo ni bloquear la acción del Espíritu, sino cauce, instrumento en este tiempo de renovación profunda y, por tanto, de esperanza. El camino va surgiendo. En él todos somos synodoi.

Termino haciendo mío un hermoso texto de san Agustín: “¿Qué quiero, qué anhelo, qué deseo, por qué hablo, por qué me siento aquí, por qué vivo? Lo único que me mueve es que vivamos juntos en Cristo. Esto es todo mi anhelo, mi honor, mi gloria, mi gozo, mi logro. Aunque no me escuchéis, si yo no callo, salvaré mi alma. Pero no quiero salvarme sin vosotros” [46].

Muchas gracias. Dios os bendiga.

✠ Luis Marín de San Martín, O.S.A.
Obispo titular de Suliana
Subsecretario del Sínodo de los Obispos

(1) Cf. Sermón 120, 3

(2) A. Moro, Lettere della prigionia, Torino 2009, 172.

(3) Francisco, Exhortación apostólica Christus vivit, 37.

(4) Ibid. 32.

(5) Cf. Sermón 341, 1. 11.

(6) Cf. Fieles al envío misionero, Madrid 2021, 16-20.

(7) Y. Congar, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, Salamanca 2014, 213.

(8) Audiencia general, 31 de diciembre de 1975.

(9) Cf. M.G. Masciarelli, Le radici del Concilio, Bologna 2018, 48.

(10) Francisco, Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, 29 de junio de 2019, 3.

(11 ) M. Grech, Mensaje en el momento de reflexión para la apertura del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021

(12) Cf. Francisco, Discurso en el momento de reflexión para el inicio del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021.

(13) (cf. Tertuliano, Apologético, 39)

(14) (cf. J. Ratzinger, La belleza. La Iglesia, Madrid 2006, 37-42. 45)

(15) (cf. Lumen Gentium, 10)

(16) Cf. J. Thomas, “Les fruits de Vatican II. Vingt ans après Lumen Gentium”: Etudes 361 (1984), 253-263.

(17) Cf. Lumen Gentium, 12.

(18) Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 113.

(19) Cf. Ibid., 119.

(20) Cf. san Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 40.

(21) Cf. Evangelii Gaudium, 235.

(22) Francisco, Encuentro con los representantes de la sociedad civil, Asunción, 11 de julio de 2015.

(23) Cf. A. Porreca, Sguardi sulla Chiesa sinodale, Todi 2021, 169.

(24) Cf. Documento preparatorio, 7.

(25) Cf. Evangelii Gaudium, 102.

(26) Francisco, Discurso en el momento de reflexión para el inicio del proceso sinodal, 9 de octubre de 2021.

(27) J. Ratzinger, Homilía, 31 de diciembre de 1979.

(28) Francisco, Discurso a los fieles de Roma, 18 de septiembre de 2021.

(29) Cf. Francisco, Discurso al episcopado brasileño, 27 de julio de 2013.

(30) Cf. Documento Preparatorio, 9.

(31) Cf. CELAM, Documento para el discernimiento comunitario, México 2021, 158.

(32) Comisión Teológica Internacional, La Sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, Roma 2018, 103.

(33) Cf. A. Vanhoye, Acojamos a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, Madrid 2010, 187..

(34) Cf. “Notas sobre la Iglesia”, diciembre 1974: Opera Omnia, vol. 6, Padova 1989, 479-483.

(35) Cf. Decreto Christus Dominus, 36.

(36) Cf. J. Ratzinger, Predicadores de la Palabra y servidores de vuestra alegría, Madrid 2018, 239.

(37) Cf. Christus Dominus, 2.

(38) Francisco, Discurso para la Conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015.

(39) Documento preparatorio, 14.

(40) Lumen Gentium, 12.

( 41) Cf. La Sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 69.

(42) Discurso a los fieles de Roma.

(43) Palabras pronunciadas el 24 de mayo de 1963, pocos días antes de morir.

(44) Cf. Juan Pablo I, Catequesis en la audiencia general, 20 de septiembre de 1978.

(45) Discurso para la Conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos.

(46) Sermón 17, 2.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad